Peluquería Tomás
- Dirección Calle Dr. Jaime Vera, 21, 37007 Salamanca
- Localidad Salamanca (Salamanca)
- Teléfono 923 22 35 84
Horario
- viernes: De 10:00 a 14:00, De 17:00 a 20:30
- sábado: De 9:30 a 14:30
- domingo: Cerrado
- lunes: De 10:00 a 14:00, De 17:00 a 20:30
- martes: De 10:00 a 14:00, De 17:00 a 20:30
- miércoles: De 10:00 a 14:00, De 17:00 a 20:30
- jueves: De 10:00 a 14:00, De 17:00 a 20:30
Opiniones de clientes
Excelente trato por parte de los dos peluqueros. Un corte con mucha delicadeza, un resultado excelente y un precio más que razonable.
Como siempre la atención estupenda, el trato como si cada cliente fuera VIP. Son muy profesionales, tienen la peluquería muy bien preparada y la higiene estupenda. En lo relativo a las medidas anti covid genial y lo que me ha resultado perfecto que al entrar te dan una bolsa desechable para meter tus pertenencias, abrigo, mochila, etc... Los precios asequibles... ahora con cita previa por el estado actual..
(Comentario 2. Leed primero el comentario publicado anteriormente, que he tenido que dividir en dos por superar el límite permitido de caracteres). Toma otras tijeras y comienza a perfeccionar los laterales, sirviéndose de un peine de cola que va progresivamente de púas pequeñas y finas a otras más grandes y gruesas, que sube con la mano izquierda a un ritmo constante y perfectamente sincronizado con los tijeretazos de su mano derecha. Al llegar arriba rota el peine sobre dos ejes, para combinar las púas gruesas con las finas en un movimiento inusitadamente armónico. Su semblante es serio y concentrado. Tengo la convicción de que no le suponía excesiva concentración, como si no le costase esfuerzo y su tarea fuese algo rudimentario, pero no obstante la mantenía para hacerlo lo mejor posible. También tengo la certeza de que pertenecía ajeno a su virtud, con esa inocencia correspondiente a los genios inconscientes de su gracia divina. Una vez perfeccionados los laterales, la nuca y la parte colindante, coge otro peine y se dispone a recortar la parte de arriba, yendo de manera progresiva de menos a más largo desde la parte occipital hasta el flequillo, tal y como le había pedido, contrarrestando las caóticas corrientes de pelo del remolino. Me mantengo en silencio, contemplando sus bellos movimientos armónicos, fluidos y sincronizados, mientras deja cada pelo con la longitud exacta, ni medio milímetro más, ni medio milímetro menos. Por último, toma un cepillo de cerdas de goma y un secador y se dispone a peinar el cabello meticulosamente. Cuando parece que ha terminado, observo, atónito, que hay un único mechón en el borde del flequillo con un longitud ligeramente inapropiada. Pero el peluquero vuelve a coger las tijeras, sin que yo diga nada, y lo recorta, dejándolo esta vez con perfectamente. Terminado el trabajo, afirma: "Salud, trabajo, y el resto ya vendrá. Mucha suerte". Contemplo el resultado en el espejo y es como si absolutamente todos los pelos estuviesen en su lugar con la dirección y longitud perfectos, como si por un momento, inesperadamente, vivir no estuviese tan mal. Una experiencia religiosa. Le digo que le ha quedado perfecto. Por último, me quita el delantal de manera nuevamente fluida y me cepilla el jersey de manera cuidada y el pantalón más ásperamente. Me da las gracias y le entrego el dinero, diciéndole que gracias a él y me despido. Normalmente, acto seguido a salir de la peluquería, me dirijo a casa a lavarme concienzudamente el pelo, pero en esta ocasión me vi en la necesidad de tomar un café y escribir unas palabras con tal de mantener el peinado así el mayor tiempo posible y mostrar agradecimiento. ¿Por qué criticamos habitualmente aquello que nos disgusta y somos tan poco propensos a decirles a los otros aquello que nos place cómo hacen? Tengo la incertidumbre de saber si, tras tres meses en la ciudad y dos cortes de pelo, volverá a cortarme algún día el cabello o si alguien será capaz de superarle. El resto ya vendrá.